Semana Santa en Sevilla
Categorías: Costumbres, La Ciudad 7 de Abril de 2009Etiquetas: Cristianismo, Macarena, Procesiones, Semana Santa
Cuando la gente que no ha visitado nunca Sevilla piensa en esta ciudad, entre sus primeros pensamientos casi seguro que aparecen imágenes de Semana Santa. La Semana Santa de Sevilla es algo difícil de entender para alguien de fuera, incluso para los mismos habitantes de la ciudad.
La Semana Santa de Sevilla, como actualmente se conoce, comienza en el año 1521, cuando el marqués de Tarifa, Don Fadrique Enríquez de Ribera, tras su vuelta de Tierra Santa, imita en Sevilla las penitencias que recorrían el camino de la Virgen tras la muerte de Jesucristo.
La primera procesión se realizó los siete Viernes de Cuaresma de ese año, partiendo del palacio del duque, actual Casa de Pilatos hasta el humilladero de la Cruz del Campo, donde había una ermita, y posteriormente se construyó el actual templete de la Cruz del Campo (1571) – sito en la calle Luis Montoto, muy cerquita de la actual fabrica de Cruzcampo-, y sus integrantes, encapuchados, flagelantes y nazarenos, rezaban tantos credos y padrenuestros como pasos dio Jesucristo.
A partir de esta estación de penitencia, y después del Concilio de Trento (1545-1563), que incitó a los católicos a rendir culto a las imágenes del Señor y la Virgen, y a hacer estaciones públicas de penitencia, se crea una especie de tradición cultual que se extendía desde la cuaresma hasta la Semana Santa, siendo durante esta última cuando mas culto y mas estaciones se realizan.
Siendo tanta la extensión de las estaciones de penitencia organizadas por las hermandades y cofradías de cristianos, en 1604 el cardenal Fernando Niño de Guevara, ordena que las cofradías hagan estación a la Catedral; para una mayor vigilancia se obligó a que todas las de Sevilla pasaran por la Catedral y las de Triana por la Parroquia de Santa Ana. Así nace la actualmente denominada “carrera oficial”, que contribuyó decisivamente no solo a reglamentar las procesiones, sino a institucionalizar la fiesta y la devoción popular.
La devoción de los sevillanos hacía estas hermandades y cofradías fue tal, que en el SXVI nos encontramos con muchas de las cofradías que aun hoy hacen estación de penitencia: El Silencio, Vera-Cruz, Gran Poder, Hiniesta, Esperanza de Triana, Macarena, Valle, San Roque, Cristo de Burgos, Pasión, etc.
Tras un letargo que ocupa el SXVII y principios del SXVIII, con el romanticismo y la exaltación de todo lo que olía a popular, la Semana Santa de Sevilla también resurge. Sin embargo, hasta finales del SXIX, con la llegada de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, no comienza la Semana Santa como la concebimos ahora mismo.
Hasta entonces la Semana Santa era un luto, una penitencia estricta en la que se lloraba la pasión y muerte de Jesucristo. El cambio, en palabras de Julio Martínez Velasco: “frente a lo negro, los colores; frente a lo estático, lo dinámico; frente a la línea recta, las curvas; frente a lo lúgubre, lo alegre.”
Martínez Ojeda innova en los pasos de Las vírgenes – pasos de palio- con unos bordados en los mantos, faldones y bambalinas que eliminaros el lúgubre y recto aspecto de éstos anteriormente para sustituirlo por un movimiento ágil y alegre. Además de esto, creó una nueva indumentaria para los miembros del cortejo, creó la túnica de capa, una túnica con una capa amplia, en el primer caso, de color verde. Todas estas innovaciones las introduce en la Semana Santa a través de su hermandad, La Macarena, y ya en los años 40, podemos divisar el actual formato de la Semana Santa.
Viendo la historia de la Semana Santa, se podría pensar en miles de personas en la calle rezando a las imágenes. Nada más lejos de la realidad. La Semana Santa de Sevilla ha pasado a ser un acto folclórico, donde los sentimientos religiosos se quedan para los católicos de culto. La exaltación de la pasión es una expresión de los sentidos. Estar en una esquinita, y empezar a oler la cera de los cirios de los penitentes, la imagen de cientos de capirotes iluminados solo por esas velas, ver pasar los estandartes, escuchar como se acercan las cornetas y los tambores, poco a poco, el olor a incienso avisando de la llegada de la imagen. Es una sensación difícil de explicar.
Vivir una salida de la Macarena, con miles y miles de personas alrededor, es una autentica fiesta, pero ver una entrada de La Mortaja, en un pequeño patio de convento, con muy poquitas personas, entre el mas absoluto de los silencios, es una cosa espectacular. Son las “contradicciones” de la Semana Santa, la explosión de la música, entre aplausos por una buena “chicotá”, y el silencio mas absoluto de un paso de pasión, en el que escuchas como los costaleros arrastran los pies.
Una explosión de sentimientos y arte, porque el barroco sevillano, al que pertenecen la mayoría de los pasos y las imágenes, es auténticamente maravilloso.
Una experiencia que debería de probarse al menos una vez en la vida. Con religiosidad o sin ella.
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